Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, se han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño.

– Jorge Luis Borges

La historia nos ha permitido presenciar que todos, absolutamente todos, poseemos mitos fundacionales. Los ejemplos pueden encontrarse desde lo más personal, lo más cercano: la familia que ve en la migración de los tatarabuelos o en la construcción de una casa el inicio de todo un linaje lo cual es, evidentemente, de gran importancia para su árbol genealógico. A veces el mito no necesita tantas personas: cuando iniciamos una relación afectiva (háblese de parejas o buenos amigos), muchas veces ubicamos un acontecimiento medular en el surgimiento o fortalecimiento del vínculo, como una salida al cine, un cumpleaños o una declaración. Así pues, si en la cotidianidad vivimos mitos fundacionales, ¿qué se puede esperar de entes más complejos, como estados o naciones?

            México es precisamente un gran ejemplo de estas naciones, por más complejidad que implique el debate. Podríamos simplificar el concepto apegándonos a la definición de Benedict Anderson (1993) cuando propone que una nación es “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” (p.23). La nación mexicana tiene varios mitos fundacionales que pueden pasar por nuestra mente tan sólo con hacer un brevísimo recuento por la historia de bronce, por ejemplo, la fundación de México – Tenochtitlán y su desastrosa caída. Quizá el más importante es aquel que, cada quince de septiembre, se celebra, canta y goza: el inicio de la Independencia de México. Con un dramatismo y teatralidad única en el año, los mexicanos representamos aquel alarido desesperado de un sacerdote criollo guanajuatense.

            Los medios de comunicación funcionan como una excelente herramienta para que este mito fundacional no pierda vigencia. Cada año, las dos televisoras más importantes de la nación tapizan con banderas tricolores y música de mariachi cada uno de sus espacios publicitarios, sin mencionar el evento que rodea a la ceremonia que se celebra desde Palacio Nacional (y claro, cada uno de los palacios municipales). Música, comida y cápsulas culturales que se proyectan en estos espacios tienen la misma intención: generar sentimiento de pertenencia e identidad hacia la nación. Y no importa que un regio nunca haya visitado Oaxaca o que un sureño no conozca las playas de Baja California; el objetivo de los medios es que todos amen y se sientan incluidos en “lo mexicano”.

            Este sentimiento de pertenencia se transmite hacia todo tipo de personas. Cada quince de septiembre, los chicos en educación básica hacen portadas en sus cuadernos con motivo del mes patrio. Cada quince de septiembre, buscamos en los confines de nuestros hogares adornos tricolores y hacemos todo lo posible para vestirnos “de mexicanos” (¿qué es vestirse “de mexicanos”? ¿Carrilleras, bigotes, vestidos coloridos, charros? ¿Por qué?). Cada quince de septiembre consumimos comida internacionalmente conocida como “mexicana” y nos sentimos orgullosos de su grandeza. Todo eso nos representa, lo hacemos nuestro, nos lo apropiamos. Es verdad que una necesidad humana fundamental es sentirse perteneciente a algo, pero, ¿qué implica para nosotros abrazar sin crítica al nacionalismo?

* * *

Hoy, quince de septiembre de 2021, propongo alejarnos del coro dramatúrgico que se lleva a cabo cerca de las 11 pm, sin embargo, también sería pertinente distanciarnos de aquellas frases trilladas obtenidas del ensayo filosófico más citado de Octavio Paz. Quizá en su lugar habría que cuestionarnos la propia naturaleza de “ser mexicano”. ¿Quién(es) creó esta comunidad política imaginada y con qué propósito? ¿Fueron los campesinos y los obreros? ¿Acaso provino de altas esferas de poder? ¿Qué sentido tiene pertenecer a un estado nacional que propone unidad y hegemonía en pueblos tan diferentes desde sus raíces? Queda entonces el debate abierto para quien quiera ofrecer reflexiones a las preguntas anteriores, o bien, generar nuevas.

            Cada quince de septiembre, en lugar de gritar “¡Viva México!”, habría que preguntarnos “¿Por qué vive?”.

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